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El ocaso bruerista

EDITORIAL: Elecciones y después. Ya nunca me verás como me vieras.

A una semana de las elecciones: el nuevo mapa político en La Plata, el análisis del resultado, de las perspectivas a corto plazo y de los nuevos actores políticos. Y el impacto de los comicios, que destrozaron la hegemonía bruerista.

03/11/2013

Hermanos-_bruera

Cuando el pueblo vota, habla. El pasado domingo 27 de octubre los platenses fueron a las urnas luego de un mes y medio de las PASO, en una ciudad poco politizada y con una apática participación ciudadana como telón de fondo.

Es cierto que los procesos electorales suelen ser empujados por aparatos partidarios muy bien abonados con recursos económicos, y que desde el retorno de la democracia los recursos económicos condicionan mucho la propaganda política y el nivel de adhesiones que cada sector consigue para sí.

Es decir, sabemos que las elecciones no suelen conmover “la telitas del alma”, al decir de un poeta, de los vecinos y vecinas, y que un grupo de platenses con sólo ganas de promover una propuesta para la ciudad difícilmente puedan llegar al número de electores que define el rumbo de la contienda.

Hace falta dinero, relaciones sociales, un marco de alianzas, personas con representatividad política, mucha voluntad y buen ánimo para convertir en ganador al colectivo de personas que promueven cualquier lista.

Es necesario conocer al detalle toda la normativa que hace al proceso electoral, reunir unos 3 mil fiscales, capacitarlos, y garantizarles la comida y el trasporte para que cumplan su tarea, por mencionar algunas prioridades.

En fin, no podemos dejar de reconocer que la democracia es un bello sistema donde no cualquiera puede ser electo ni se puede elegir al que se tiene ganas. Hay condiciones que median entre el elector en estado puro y el voto final en el cuarto oscuro.

Es preferible reconocer que la democracia es un modelo casi perfecto atravesado por un infinito cúmulo de factores que hacen que, tanto los actores principales (candidatos), como los de reparto (electores) ejerciten un sistema de preferencias donde se entremezclan variables que hacen impredecible el resultado a priori, pero sobre todo, hacen más restrictivos los canales de participación.

Cualquiera tiene derecho de ser intendente, gobernador, o presidente. Muy pocos pueden serlo. Este rasgo de las democracias, histórico, vale aclarar, se repite también en distintas escalas. Para ser presidente de Argentina quizá haya que conseguir varios millones de pesos. Para ser concejal de un pequeño pueblo, quizá, unos pocos.

Desde las primarias del 11 de agosto la política nacional desarrolló una suerte de batalla de baja intensidad, discreta, y bastante lejos de la gente. Nadie da, como en tiempos de Perón, la vida por su líder (“¡La vida por Perón, la vida por Perón!)”, pero en estos días, de tanta monocromía, de tanta mímesis ideológica entre los actores principales, de todos modos, la política sigue siendo el lugar donde se resuelven las contradicciones; algunas importantes, otras no tanto, pero contradicciones al fin.

Dicho esto, pues, vale reconocer que La Plata, como cualquier gran centro urbano, tiene un sistema electoral que descansa sobre sólidas y gruesas columnas llamados “partidos”, y que dichos partidos, como en cualquier parte del mundo, son complejas organizaciones. Complejas porque contienen, mientras ejercen la contienda para dirimir sus contradicciones con otras fuerzas, un cúmulo de contradicciones internas, que van resolviéndose en sentido positivo (se supone) para que en el juego electoral se pueda avanzar sobre los rivales, y resolver las contradicciones con ellos en favor de la propia fuerza.

Por ende, cuando hablamos de democracia local, y de cada sector político de la ciudad, no hablamos de espacios uniformes, ni destinados a permanecer en el mismo lugar y de la misma forma por los siglos de los siglos.

La democracia en La Plata la practican los ciudadanos eligiendo fuerzas que se renuevan en cada comicio, o se juntan con otras, o se amplían con más sectores, o que forman alianzas. O que, en sentido contrario, si son deficitarias en su accionar político, agudizan sus contradicciones internas, muestran un insuficiente aparato de propaganda, no resuelven el problema de la fiscalización, ni del resto de los temas que no pueden quedar sin resolverse antes del domingo decisivo, en el que se vota.

Dicho esto, es importante desandar la pavada idiosincrática que se ha encarnado en muchos ciudadanos, según la cual se concibe al cuarto oscuro como la escenificación del acto electoral, como una suerte de expo-democracia. La realidad es otra: el domingo en que se vota se conjugan miles de variables: hechos recientes, intereses nobles, innobles, individuales y colectivos, ideas falaces, verdades relativas, prebendas económicas, promesas incumplibles, esperanzas, y por sobre todo, la identificación del elector con el/los candidatos, que deviene de la propaganda, lamentablemente cada vez más en la medida en que los políticos abandonan en mano a mano con el vecino, o transforman a estos encuentros en esporádicas puestas en escena del dirigente preocupado por “oír lo que dice la gente”.

Esto que analizamos desde el principio de esta Editorial es lo que con desprecio se suele resaltar cuando se dice que existe una “democracia formal” contrapuesta con una “democracia real”. En verdad, es bueno no ver tonos ni tan claros ni tan oscuros.

Hay de todo. *_Quizá el rasgo más saliente de las elecciones pasadas, en relación a las PASO, es que la brecha entre lo formal y lo real, entre lo escenográfico y lo cotidiano, entre los grandes aparatos y los colectivos unidos por la política se haya reducido como nunca antes quizás.

Dos propuestas de izquierda con el ruidoso megáfono como recurso, estuvieron a un milímetro de hacer ingresar dos concejales cada uno, lo que hubiera constituido un hito, seguramente, para la historia de nuestra ciudad.

Y la fuerza que arrolló al resto (el Frente Renovador) hizo una campaña modesta en relación al inmenso caudal de votos que obtuvo. Como contrapartida, el millonario Francisco De Narváez no pudo ni arrimar a su esposa hasta el umbral del 16,6 por ciento que necesitaba para ser diputada. Quedó a mitad de camino y no se la vio nunca más.

Por otro lado, una colectora, la de Florencia Saintout, con muchos recursos económicos pero potenciados por una multitud de jóvenes muchos de los cuales votaban por primera vez, también es un dato nuevo, que debe ponerse de relieve y marca la emergencia de un espacio que ya cuenta con cuatro concejales, que habrá que ver cuánto dura, pero que ya tiene su lugar en el mapa político local.

Este fenómeno de dispersión del voto difícilmente pueda explicarse si no se tienen en cuenta dos factores importantes: el primero, es que se votaron cargos legislativos, y en esa instancia suelen crecer las propuestas más chicas. Pero el más importante, probablemente, sea la crisis política que desató la tormenta del 2 de abril.

El “Vecinalismo”

La idea “vecinalista”, es decir, constituir una propuesta política que tenga como eje central y dominante la construcción local, no es nueva, se sabe. Hubo partidos que directamente se proponen o se presentaron así (el más recordado fue el ex intendente de la dictadura Abel Román), y también, desde el 83 por lo menos, hubo propuestas políticas que pusieron el centro de gravedad sólo en temas locales, a pesar de pertenecer a partidos nacionales.

Esta dualidad no existe sólo en La Plata: en todo el país aparece esta variable mixta de “vecinalismo” y pertenencia a una fuerza con presencia en todo el país. Cuando el vecinalismo prevalece entre esos dos polos internos de esa práctica política, se expresa el inmenso valor que tiene la problemática local en el marco general de la propuesta que se expone. O sea, se habla mucho de la veredas, de los verederos, de los que veredarán y de los que veredaron, pero aparecen poco en la retórica partidaria los temas de índole nacional.

El socialismo argentino fue desde sus inicios, en todo el país, un exponente de esta cultura política. Pero siempre en equilibrio. La estrategia general no ahogaba a lo local en el diseño de la política. Lejos por estos días de los diarios, Henry Stegmayer fue el último referente en expresar esta cultura política, allá por los años 90.

Eran tiempos de alakismo vibrante, donde el actual ministro de Justicia de la Nación no tenía quién le hiciera sombra. La política platense fue un concierto dirigido desde principios hasta finales de los 90 por Julio Alak, que no tenía nada ni nadie que lograra rasgar aunque sea un poco su brillante traje de jefe comunal.

Pero la relación con el diario El Día se hizo pedazos, y las noticias que leían los platenses fueron cambiando de tono. Y la gestión municipal se enfrentó con la grey pincharrata, y todos los domingos media ciudad se acordaba de la madre del intendente. Y, como dijo un prominente dirigente, “el alakismo fue convirtiéndose en mucho más que Alak”.

Entonces los factores de poder locales necesitaban un nuevo aliado para que se sentara en el despacho más importante de calle 12. Un muchacho audaz y muy trabajador, pero sobre todo convencido de que “podía”, se fue instalando en la política local con mucha pompa: era concejal, joven y cuestionaba al intendente.

Así, Pablo Bruera se convirtió en el primus inter pares y fue electo en 2007 con una modesta primer minoría, y con un discurso ultravecinalista, con poco Perón y mucho Dardo Rocha.

Entonces se fue consolidando un espacio político reciclado, el bruerismo, que tenía, como una moneda, dos lados: el peronista “independiente” y el “vecinalista” eficiente en la gestión (por lo menos para los medios que lo apadrinaban).

Y la fórmula funcionó: en 2009 volvió a ganar estimulando el corte de boleta (experiencia ominosa para el kirchnerismo todo), y en 2011, luego de unas PASO donde la campaña se “vecinalizó” y se borró la imagen de Cristina Fernández, mejoró más de 10 puntos en las generales pegando a sus candidatos con el FPV, que sacó 54 % de los votos a nivel nacional.

El oficialismo bruerista quedó atrapado en una extraña diyuntiva: cómo ejercitar un discurso vecinalista (despolitizado, lejos de las batallas épico-kirchneristas, que haga referencia por sobre todas las cosas a lo local, con nuevos colores que lo identificaran, al estilo Scioli), pero al mismo tiempo recibir ayuda económica y apoyo político del Gobierno nacional.

Es el problema de la sábana corta: por estar aislado en su retórica vecinalista, sin línea con la Rosada, nunca recibió ayuda financiera. El mensaje pingüino fue algo así como “si sos vecinalista, llamás a cortar boleta contra nosotros, y te vas a subir al primer tren que te deje bien, arréglatelas como puedas”.

La venía remando bastante bien el bruerismo, pese a su profundo aislamiento político. Pero llegó la inmundación del 2 de abril, y con ella se hizo muy duro el aislamiento social.

El fin del bruerismo como máquina municipalista que se ofrecía a la sociedad platense para resolver problemas cotidianos y bien locales dejó un vacío que esta vez llenaron los nuevos emergentes. Leandro Amoretti no llegó al Concejo Deliberante, pero se instaló en la política de la ciudad, alcanzó una meta parcial por lo menos.

La izquierda no perforó el 8 % necesario para meter dos concejales, pero se consolidó como espacio y es un actor indiscutible sobre todo por la influencia que logra en segmentos muy movilizados como los inundados, docentes, estudiantes y algunos sectores más.

La pregunta es: ¿Podría el PJ de Pablo Bruera, con sus 16 ó 17 puntos de techo volver a ocupar el centro del escenario local? El gran punto de inflexión, la inmensa bisagra que desde el día de las elecciones brilla ante los ojos de todos, es que al bruerismo ya no lo perciben los vecinos como la fuerza capaz de resolver sus problemas cotidianos.

Ese cariz vecinalista ya fue incorporado a la oferta electoral por los nuevos competidores que mencionamos, y eso sin contar a las tanquetas de Sergio Massa y del kirchnerismo. ¿Qué sector del peronismo local podría revitalizar al bruerismo con su incorporación? Quizá, y es una hipótesis muy aventurada, si Francisco De Narváez acompaña el proyecto presidencial sciolista, sus adherentes de nuestra ciudad se acerquen al Palacio Municipal. Difícil, pero no imposible. Y muy poquito para remozar una propuesta política que parece envejecer.

Es que hay algo peor que perder dos elecciones por muchos puntos: y es que la sociedad perciba que esos pocos puntos logrados son lo máximo a lo que puede aspirar ese sector. El poder llama, convoca, y la pérdida de poder, espanta, aleja.

Los Bruera lo saben claramente. Son amantes de la mensura y el poroteo, de la medición y del conteo de costillas. Ahora miran hacia el futuro y ven una pendiente. Y a lo lejos, más pendiente.

Este declive se da en el marco de una revalorización del rol del intendente y de la gestión municipal en sí. Nos decía Mario Secco hace unos días: “Yo no creo en el intendente ABL. Ahora tenemos que manejar Salud, Educación, Tránsito, Transporte y muchas cosas más”. Lo mismo dicen los exitosos jefes comunales massistas, o los invencibles intendentes kirchneristas de la tercera sección.

Pero acá lo que se fue con el agua es la idea de invencibilidad del bruerismo, y la ciudad se volvió hostil por causas comprensibles y otras no tanto, en donde se ve la inundación como catalizadora de otras demandas o quejas pendientes. Reconozcamos que inundación hubiera habido hasta con Mandrake, pero ese episodio catalizó una gran cantidad de otros temas en los que se venía gestando un fuerte malestar, especialmente en el caso urbano.

Quién habrá de llenar ese vacío es, ahora, la pregunta de todos. La lógica indica que el Frente Renovador tiene toda la ventaja, pero dos años es mucho tiempo para aventurar finales. Vale, igual, recordar la vigésimo primera “Verdad Peronista”, no escrita: “El verdadero peronista es tan solidario que siempre está dispuesto a ir en auxilio del peronista ganador”. La fuerza que en lo local conducen Arteaga y Sarghini junto al referente provincial Juan Amondarain hoy, sin dudas, concita todas las miradas.

Quizá una muestra de poder para el bruerismo sea mantener el control del PJ platense. Veremos. Está lleno de intendentes que regalan locales centrales del PJ o los usan para los asados del 17 de octubre, así que es mejor relativizar la importancia de tener “el sello”.

Son tiempos difíciles para el bruerismo. Un sector que soñaba con extender su base política en toda la provincia (recordemos los partidos de fútbol del verano, con la onerosa publicidad bruerista) y ahora festejó gracias a las mesas de extranjeros que pudo hacer ingresar el tercer concejal, que de otro modo hubiera ido a parar al Frente Progresista (de notable elección, y que merece un análisis aparte por haber terciado con éxito en la lucha por los legisladores provinciales en una campaña con pocos recursos y mucha mística militante).

Sería auspicioso para el PJ local ampliar la base social de los Bruera, pero ¿Con quiénes? ¿Cómo recuperar ese insumo fundamental que es una buena política de alianzas? ¿Podrán armar una “mesa grande” con más sillas que una para cada hermano?

Por lo pronto, el calendario comienza a acabarse, y los balances a estimular o deprimir los ánimos. La política se llena de brindis findeañeros y augurios de mejores tiempos. Este 19 de Noviembre será un triste aniversario de La Plata para el bruerismo, y habrá una peor despedida de año.

Cuando lo viejo comienza a desaparecer, la novedad, entonces, se desplaza hacia lo que irá en reemplazo de lo antiguo. A ese meridiano se correrán los actores locales por los próximos dos años. La lucha por la presidencia del Concejo, y todo lo que la superestructura política ponga en escena, en todo caso, serán significantes de la nueva historia que se escribe en la ciudad. La historia que se abrió después del 2 de abril y que nunca cerrará.


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