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EDITORIAL

Scioli más De Narváez: que florezcan mil flores. Lo político como ordenador.

El kirchnerismo está atravesando días de cambios profundos, o, podría decirse también, de profundas transformaciones en las relaciones de poder interno. Es hora de analizar cómo esa máquina gigantezca puede ser, al mismo tiempo, un "come todo" y alternar entre tonalidades tan diferentes y espacios tan heterogéneos.

30/11/2013

Margaritas

La Argentina, a diferencia de otros países, no ha desarrollado una democracia donde la política se ordene exclusivamente por partidos con representación y participación electoral. En Chile, por ejemplo, si un individuo es de izquierda, ya sabe qué boleta buscar en el cuarto oscuro, y si es de derecha, también.

En nuestro país, en cambio, donde no hemos desarrollado una democracia que funcione en forma permanente y duradera bajo la dirección de fuerzas partidarias de participación masiva y reconocidas formalmente, la política se ordena de otra manera.

EL peronismo, fenómeno criollo indescifrable para las academias de todo el mundo, esconde esa debilidad que al mismo tiempo es su virtud, según como se lo quiera analizar. Es un gigante “come todo”, que se alimenta de fenómenos colectivos o individuales que no tienen anclaje definido ni pueden canalizar sus reivindicaciones en los partidos políticos o en formas institucionales de tradición europea.

Lo ideológico, entonces, queda desplazado aquí por “lo político”, o, dicho de otra manera, los dos planos, que tienen relación ente sí (pero no son lo mismo), quedan superpuestos.

El ejercicio de la política, la puja entre sectores, la defensa de las corporaciones, las reivindicaciones de distintas minorías, los reclamos de usuarios y consumidores, en fin, el frenético escenario donde se dirimen las tensiones al interior de la sociedad, no queda planteado como un juego de contraposiciones entre partidos.

Los partidos no representan a mucha gente, tienen padrones amarillentos, locales cerrados, y muy poca dinámica interna. Algunos que fueron importantes durante el Siglo XX durante varias décadas fueron desapareciendo: el Demócrata Cristiano y el Demócrata Progresista, por ejemplo, eran muy tradicionales hasta que un día se extinguieron sin pena ni gloria.

Los analistas que bajan en Ezeiza y relatan sus impresiones sobre esta Argentina en algún blog primermundano, deben sorprenderse de que quienes se dicen peronistas abarquen un espectro que va desde Marcelo Koenig, de la Corriente Peronista “Descamisados” (aliado de la Cámpora) hasta Gerónimo “Momo” Venegas, de la UATRE.

Porque, he aquí la cuestión, el peronismo exige para sí, y actúa en función de, intereses políticos, no ideológicos. Encuentra cierto orden inestable que se dirime en el plano político, no ideológico.

La omisión de esta característica, o cierta negación de esta cualidad del movimiento creado por Perón, ha hecho que durante esta década se confundieran algunas cuestiones que verdaderamente sorprenden.

Por ejemplo, algunos creyeron ver en el kirchnerismo algo más que una fase del peronismo: una nueva experiencia histórica de masas que lo superararía.

Ahora andan atribulados, sin poder comprender por qué, si iban a florecer mil flores, el Jefe de Gabinete de Ministros de la Nación (la flor que más creció), desempeñó la misma función que ahora cumple, pero para Eduardo Duhalde .

O por qué el “candidato ejemplar por su lealtad al proyecto nacional y popular”, Daniel Scioli, ahora es feo de nuevo, porque, haciendo otra de sus picardías antikirchneristas, se llevó consigo a la espada más importante de Francisco De Narváez, el diputado nacional Gustavo Ferrari, y, según los mentideros políticos de Gobernación, prepara un puesto importante para el liquidador de Casa Tía muy cerca de su propio despacho.

El Gobernador parece querer “explicar” a quienes se juegan la interna efepeviana, que también puede buscar el voto de derecha, que también tiene juego propio, que no necesita consultar más a la Casa Rosada.

Pero por sobre todo, que “está bien lo que hace Axel Kicillof, pero también está bárbaro que El Colorado se sume”. Total, lo que agrupa o dispersa es lo político, otra vez, no lo ideológico. Boudou militó en la UCeDe de Alvaro Alsogaray. Y fue ministro de Economía poco antes del “marxista” Kicillof.

Dicho esto, habrá que esperar las alquimias más insólitas al interior de la superestructura política, o sea, del gran escenario partidocrático. El gobernador Scioli, acostumbrado como está a poner cara de póker, sacudió con el anuncio, y De Narváez mucho más no pudo enrojecer.

Es hora de que los atribulados miltantes del kirchnerismo que se sumaron a la política luego del ascenso pingüino, piensen que no ha llegado el fin del mundo. El avance de los sectores más “pejotistas”, no implica el regreso a los 90, como se lee por las redes sociales continuamente, o se escucha entre charlas de borrachos.

El escenario es otro que el de 1989. El neoliberalismo no viene arrasando desde el centro a la periferia del orden mundial, y acá hubo un quiebre histórico en 2001 que no desapareció. Y además existe un núcleo básico de coincidencias (AUH por ejemplo), que ya son política de Estado. Y el Brasil de Dilma y Lula sigue acá pegadito, cruzando el río.

La Argentina, ¿vieron? no sólo era divisible por dos. Néstor Kirchner lo sabía. “Tenemos que evitar llegar a polarizar la sociedad como los venezolanos”, insistía durante los primeros años de mandato. Después, claro está, aparecen los imponderables, los errores y el lento horadar de la oposición política y mediática, amén de los propios errores del Gobierno.

La sociedad se comenzó a identificar con cada polo. Ricardo Darín desentonó y fue crucificado por una legión de neoperonistas muy rabiosos. Y Scioli, que nombró a un funcionario cuestionado por los organismos defensores de los Derechos Humanos como el ex intendente de Ezeiza Alejandro Granados, hasta hace dos semanas, era la esperanza “para frenar a Massa”.

“No te puedo responder eso, ¿o no entendés?”, dijo a este escriba un funcionario amigo ante una consulta en la que al entrevistado se le preguntaba por las declaraciones de Martín Insaurralde a favor de bajar la edad de imputabilidad.

Hoy, muchas cosas se pusieron patas para arriba. Lejos de esa tímida opinión de Insaurralde, se festeja que Granados “ya mató a 30” (con esta policía tan linda), y el ultrakirchnerismo asiste impávido a la llegada del nuevo hermano a la familia: el más refractario a la “Década Ganada” y antisciolista de todos los que pululan por el ancho mundo de la política bonaerense: Francisco De Narváez.

Esto, en un contexto en el que, si se publicara el curriculum de cada funcionario nacional, provincial o local, encontraríamos que las nuevas estrellas aplaudidas a izquierda y derecha del establishment, no son las mil flores de las que hablaba Kirchner, sino más bien, una elite que el kirchnerismo reconcilió con una sociedad que los despedía con el “que se vayan todos”. Googléen cada nombre, y verán.

Aclaremos a los chicos y chicas que tuitean y comparten sus afiches en Facebook con auténtica mística K, que no es que se acabaron las ideologías. Lo que hay que poner de relieve, repetimos, es que la ideología no ordena el sistema político argentino.

Es la política. Por eso el peronismo logra ser un “come todo” y concitar mayorías. Por eso al kirchnerismo hay que caracterizarlo como una fase del peronismo, no como una expresión de un fenómeno edulcorado que “domesticó” a un movimiento que se resistiera al cambio. Sus transformaciones fueron posibles por y no pese al peronismo.

El desafío es hacer un esfuerzo por interpretar la historia sin convertirla en una novela de héroes y villanos. Sino considerarla como el desarrollo de una sociedad mediado por la acción de hombres y mujeres con intereses, portadores de ideologías y visiones del mundo particulares, y que establecen alianzas tácticas, hacen concesiones, pujan y practican política en una comunidad en continuo cambio y transformación.

Ello no invalida el juicio crítico, la mirada minuciosa, el análisis profundo, y los intentos continuos de los actores individuales o colectivos por teorizar en torno de la realidad, y ordenar una visión de ella en un cuerpo de ideas lo más coherente posible.

Pero, quizá, quien lo logre se encuentre llevando el mismo palo y la misma bandera, si es que le importan el palo y la bandera, que otros y otras que no comparten exactamente los mismos sueños, deseos y objetivos. Habrá que ver cuáles son los de De Narváez, los de Scioli, los de Capitanich, y los de las figuras que tienen los mejores papeles, en esta trama donde héroes y villanos conviven y pueden darse el lujo de ensayar nuevos roles en cada función.

Nicolás Harispe
@nicolasharispe


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