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Publicada en Revista Integración Nacional

Derrota del neoliberalismo progresista en EE.UU. y crisis del progresismo importado en América del Sur

El artículo titulado “el final del neoliberalismo progresista” circula ampliamente por el ambiente político “nacional y popular”. Su autora es una intelectual feminista norteamericana llamada Nancy Fraser. Explica que la victoria de Trump “no es solamente una revuelta contra las finanzas globales”, sino contra el "neoliberalismo progresista" que en Estados Unidos es una “alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGTBQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta ‘simbólica’ y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood)”.

por Blanco Negro

20/01/2017

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Otros párrafos aportan más claridad:

“Un Partido [Demócrata] inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial (…) el resultado fue un ‘neoliberalismo progresista (…) “Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella (…) a sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.”

Explica que, mientras el clintonismo y sus sucesores destruían la industria manufacturera, “el país estaba animado y entretenido por una ‘faramalla’ de ‘diversidad’, ’empoderamiento’, y ‘no discriminación’. Identificando ‘progreso’ con meritocracia en vez de igualdad. Con esos términos se equiparaba la ’emancipación’, con el ascenso de una pequeña élite de mujeres ‘talentosas’, minorías y gays en la jerarquía empresarial (…) “Esa comprensión liberal-individualista del ‘progreso’ vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70.”

Para el lector atento de esta Revista, y para cualquier criollo o criolla con buen sentido, no es difícil advertir las analogías entre el progresismo de la metrópoli y sus productos ideológicos de exportación, entre los que se cuentan individuos como el filósofo Ricardo Forster, para quien “había que correr a Cristina por izquierda” exigiéndole la “despenalización del aborto” y la “legalización de la marihuana”, porque es lo que “quieren los jóvenes”.

Este engolado personaje, dueño de una prosa inextrincable y una pedantería afrancesada, nada más que por mera casualidad era titular de la Secretaría del Pensamiento Nacional. Evidentemente, algo estaba mal en el gobierno popular.

La razón es que este progresismo importado sigue los pasos de sus proveedores europeos de la socialdemocracia y sus proveedores yanquis del Partido Demócrata clintonista, así como de sus usinas académicas y mediáticas.

En términos clásicos, la izquierda del Viejo Mundo discutía la “cuestión social” y la “propiedad privada” de los medios de producción. Pero la socialdemocracia y sus primos norteamericanos e ingleses abandonaron hace rato todas sus ilusiones “reformistas” y reforzaron su alianza con el capital financiero desde 1945 y, fundamentalmente, desde la crisis del petróleo. En pocas palabras, el progresismo socialdemócrata incorpora a las clases medias “populares” y a la “aristocracia obrera” a la defensa del sistema político, económico y cultural de la globalización. La clave (que no la da ningún Forster), es la clásica asociación de amplios sectores de la sociedad de los países dominantes a los beneficios de la explotación del mundo colonial y semicolonial. La vieja razón por la que los obreros ingleses en tiempos de Carlos Marx no querían saber nada de revoluciones, sigue vigente. En ese entonces, el proletariado británico, aunque explotado por su burguesía, disfrutaba sin embargo de la renta extraída por el Imperio Británico en los países atrasados, Irlanda y la India primero, África, Asia y América Latina después.

En la Argentina, el progresismo antinacional (porque hay un progresismo verdadero, que es el progreso de las mayorías nacionales), estuvo simbolizado por los emigrados antirrosistas y las variantes mitristas del radicalismo en el siglo XIX, y en gran medida por el Partido Socialista de Juan B. Justo y Alfredo Palacios, y luego por el Partido Comunista de Vittorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi.
Los primeros eran librecambistas, antiindustrialistas y admiradores de las empresas coloniales inglesas. Juan B. Justo aplaudía la separación de Panamá de Colombia urdida por los yanquis y despreciaba como buen racista europeo la “política criolla”. Los segundos, hicieron del pensamiento de Lenín un misterio asiático, de la Revolución rusa una fórmula burocrática y del contrarrevolucionario José Stalin el “Sol Padre de los Pueblos”. El gremialismo comunista no dejaba a los obreros hacer huelgas para que no faltara carne a los soldados ingleses. Antes dijeron que Yrigoyen era fascista. Luego, que Perón era nazi, las masas populares de Octubre eran el “lumpenproletariado” y se abrazaron al Embajador Braden, junto a toda la oligarquía y el radicalismo antiyrigoyenista.

Con esos antecedentes en su origen, el progresismo en la Argentina no podía tener mejor destino que el de colarse en uno que otro gobierno popular y, más frecuentemente, en los golpes cívico-militares y gobiernos legales pero ilegítimos que eran tan democráticos que proscribían al peronismo, es decir, a la abrumadora mayoría del pueblo argentino. El socialismo tuvo embajadas durante la última dictadura. El PC decía que Videla era un “General democrático”, ajustando su concepto de la “democracia” a la mejor o peor disposición del gobierno argentino a venderle granos a la Unión Soviética en primer término, y en segundo lugar, al entusiasmo represivo contra el peronismo demostrado por dicho General.

A mediados de los ochenta, y en particular, cuando estalló la cárcel de pueblos disfrazada de Estado socialista, el progresismo vernáculo adscribió a las ideas antedichas. La operación básica es la sustitución de la causa de las grandes mayorías nacionales, por las reivindicaciones de ciertas minorías, a la usanza europea. La explicación profunda de este procedimiento político-ideológico puede consultarse en el trabajo del doctor Mauro Aguirre, titulado “El progresismo en Suramérica ¿una cuestión de minorías o de mayorías nacionales? (http://rinacional.com.ar/sitio/progresismo-suramerica-una-cuestion-minorias-mayorias-nacionales).

Finalmente, observamos que la bancarrota de los ‘progres’ locales parece definitiva. Las razones de su impotencia y esterilidad para decirle algo útil al pueblo argentino no tiene vuelta atrás. La razón, sin embargo, como todo lo que atañe al progresismo de las minorías, hay que buscarla afuera, ya que no tienen nada que ver con las fuerzas propias del país criollo. La causa fundamental es la crisis del sistema financiero a escala global, iniciada en 2008 y agravada cada día un poco más. Se han destruido las bases económicas de la alianza entre Wall Street y las clases medias progresistas.

En la Argentina, en tanto semicolonia que no explota a país alguno, el drama del progresismo es más patético. Cuando Forster propone aborto y marihuana a una sociedad que necesita trabajo, salario, industrialización, ciencia y tecnología y mucha, pero mucha democratización de los bienes y los servicios, comete un auténtico desastre de lesa política.

En síntesis, la necesidad de los argentinos, como la de los latinoamericanos, es reconstruir el movimiento nacional. Este requiere la alianza entre los sectores más dinámicos de la sociedad: los trabajadores y las clases medias vinculadas al sistema educativo. Por ello, la recuperación de la política debe estar centrada en el auténtico progresismo, que es el avance democrático de las mayorías suramericanas en lucha por una sociedad más justa.


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