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Entrevista a un mito del peronismo de Perón

Mano a mano con Lorenzo Pepe: La vigencia de un polímata consagrado al Peronismo

La denuncia de espionaje que tratará en su próximo libro. Arturo Jauretche. El Dalai Lama, Mijail Gorbachov, Juan Domingo Perón y Juan Pablo ll. Los misterios de Perón en Puerta de Hierro: López Rega, Jorge Antonio y el General Francisco Franco. La asidua crítica a Frondizi por su "traición" y el elogio a Leopoldo Moreau y Arturo Illia. ¿Cómo analiza la realidad del país? Omar Plaini y la intervención sindical.

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por Juan Jose Pfeifauf @JosePfeifauf

19/07/2017

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(Fotos inéditas facilitadas por el entevistado)



Madrid, febrero de 1966: Son las diez y media de la noche. El timbre del teléfono suena fuerte en la recepción de uno de los modestos hoteles levantados sobre la Gran Vía. El conserje atiende y luego golpea la puerta de una pequeña habitación del segundo piso donde aguardan dos hombres. Uno alto, de unos 35 años, asiente con la cabeza y baja raudamente las escaleras. Toma el teléfono y habla durante unos segundos. Minutos más tarde, el mismo hombre, vestido con traje, sube a un Mercedes Benz que lo aguarda y se pierde en la oscuridad de la noche invernal madrileña.

Bajo el porche de un chalet de dos plantas de un barrio residencial, en las afueras de la ciudad española, se observa una figura masculina, robusta, con las manos colocada en los bolsillos de su saco. Apenas iluminado por una lámpara que cuelga del techo, se adivinan sus gestos parsimoniosos y su andar caviloso mientras fuma.

El auto que había partido minutos antes desde el hotel, luego de pasar por unos controles de seguridad a la entrada del barrio, estaciona frente a la Residencia. En la penumbra reinante, los dos hombres se funden en un abrazo. La escena quedaría inmortalizada en una foto que, actualmente, luego de cinco décadas, aquel visitante exhibe orgullosamente, mientras lamenta no haber tenido una cámara con flash para que la imagen quedara nítida. Uno de ellos era Juan Domingo Perón y el otro el dirigente ferroviario Lorenzo Pepe.



P-¿Cómo se gestó ese encuentro en el exilio?

LP – En el año 1966 la CGT se fracturó entre quienes pensaban que el movimiento obrero debía acompañar a la dictadura de Juan Carlos Onganía y aquellos que sostenían que había que oponerse al gobierno militar; yo estaba en este último grupo. Así surgió la CGT de los Argentinos, y propuse para el cargo a Raimundo Ongaro.

Ese año fui elegido para reunirme con Perón. Me pagó el pasaje Jerónimo Remorino, un ex canciller, y me envió a Jorge Paladino, su secretario, para que me controlara durante la estadía. Sin embargo, en la primera cita, el General sólo me aceptó a mí. Estando en Madrid, me ayudó mucho el empresario Jorge Antonio, que para mí era el mecenas de Perón. El ex presidente no tenía plata, estaba seco y Jorge Antonio era un inversor importante en España. Desde el primer día, me puso a disposición un Mercedes Benz con chofer.


Usted se reunió con Perón durante 21 días: ¿Qué aspectos le llamaron la atención?

LP – Me impresionó mucho su sencillez, su bonhomía, el carisma. La primera vez que lo saludé me asombró cuán fuerte abrazaba; sentí que me presionaba las costillas. Cuando me vine le pregunté por qué apretaba tanto en los saludos. Él me contestó: ‘Para que usted no se sintiera solo’. Y en realidad el que estaba solo era él , yo tenía a mi familia. A mí no me trató como un hombre de la alta política, sino como a un joven que había que formar.


¿El ex presidente sentía la soledad del poder? ¿Cuál era la incumbencia de José López Rega en la vida de Perón?

LP: Sí, se sentía solo. En su despacho, tenía regalos de argentinos como lazos, mates, bombillas que lo retrotraían a su patria. Durante las jornadas que estuve con Perón, nunca lo vi a López Rega asesorarlo; sólo lo observé en el jardín levantando la mierda de los perros.

Perón, además, tenía una bronca bárbara contra (Francisco) Franco. No lo recibió nunca durante los 12 años que estuvo exiliado en España. Siempre me decía: “Es un gallego falluto”.

(NdR: Finalizada la Segunda Guerra Mundial, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, Argentina envió a España barcos con cereales para paliar la crisis económica del país gobernado por el General Franco, que tenía a la mitad de su población hostigada por la hambruna).



El presente histórico de Lorenzo, el oxímoron que se repite asiduamente

A punto de cumplir 86 años, Lorenzo Pepe, el Técnico Mecánico Ferroviario nacido en Sáenz Peña, el hombre que a los 14 años fue testigo directo del nacimiento del peronismo aquel 17 de octubre de 1945, conserva con nitidez su colosal facundia, la que durante cincos mandatos de diputado nacional (1983-2003) le permitió fulgurar en el Congreso de la Nación: “Perón no daba consejos, sugería. Decía “a mí me parece…” y repetía: “Lo que usted no consiga con un abrazo, difícilmente lo obtendrá con una trompada”.



Como peronista desde que surgió el Movimiento: ¿Cómo ve la realidad del país

LP- Cambiemos debe modificar urgente su política socioeconómica. Ya no queda industria parada. Zarate, que era un polo productivo por excelencia, ha sido destruido meticulosamente. Doy gracias que tienen a un intendente (Osvaldo Cáfaro) de primera línea que se ha puesto al frente de los reclamos de los trabajadores.


Usted que ha sido cesanteado cinco veces por su impronta gremial: ¿Cómo vio la intervención al sindicato de los canillitas que conduce Omar Plaini?

LP- Es muy doloroso y altamente imprudente; me solidarizo con el compañero Plaini. Estamos muy al borde de romper la paz social.



A pesar de las cesantías en su historia laboral, el mecánico ferroviario no sucumbió al compromiso con sus compañeros trabajadores. Ni las detenciones en 1955, 1958 y 1959; ni las elecciones anuladas en 1962 por Arturo Frondizi, en las cuales había resultado electo diputado provincial acompañando a Andrés Framini; ni el simulacro de fusilamiento que sufrió en Tucumán en marzo de 1968; ni el atentado que lo hirió en Junín en 1972, lo fustigaron como para desertar en la lucha por la justicia social.

Lorenzo Pepe, quien sufrió en carne propia la persecución y la cárcel durante el gobierno radical de Arturo Frondizi (1958-1962), critica la perfidia del mismo y se amosca cuando se refiere al ex presidente: “Él nos aplicó el Plan Conintes, intervino varios sindicatos y nos traicionó a todos. A los primeros que abandonó fue a sus correligionarios en la búsqueda del arreglo con el peronismo para alcanzar la presidencia. Le encantaba el poder. Luego traicionó a Perón, porque no cumplió con ninguno de los puntos del acuerdo que había firmado: no levantó la proscripción del peronismo ni llevó adelante la normalización sindical”.

Tan pronto como concreto, puntualiza: “Yo tengo muchos conocidos radicales con los cuales tengo diferencias ideológicas, pero compartimos el afecto. Fui amigo de Juan Carlos Pugliese, ex ministro de Economía de Arturo Illia. Actualmente, tengo muy buena relación con Leopoldo Moreau, a quien aprecio mucho por su defensa de los sectores populares. Illia, que fue médico ferroviario en Cruz del Eje, cuando dejó la presidencia se tomó un taxi. Siempre lo respeté porque fue honesto; no así con Frondizi, a quien considero un traidor”.



El elixir de la vida

En su oficina del barrio de Recoleta, donde funciona el Instituto Nacional Juan Domingo Perón, que preside ad honorem desde el 2003, la reminiscencia del Peronismo es imposible de soslayar. Una réplica del avión Pulqui l, la aeronave insignia del Justicialismo, sobresale de su escritorio mientras que diversos cuadros de Juan y Eva Perón se cuentan por decenas y en todos los tamaños. Platos con el escudo del PJ, ferrocarriles en miniatura, bustos del General, fotos de época y diversos objetos como un cuadro en vitrofusión con la imagen del Papa Francisco logran un equilibrio armónico difícil de administrar.

“Como balance de mi función política y sindical disfruté de algunos privilegios. Estuve dos veces con el Papa Juan Pablo ll; recibí a Mijal Gorbachov, Nelson Mandela y al Dalai Lama, con quien charlé bastante porque tenía pensamientos muy revolucionarios para la época; fui amigo de Arturo Jauretche, quien fue un gran sabio. En 1986, visité la Unión Soviética y allí me di cuenta con mucho dolor, porque mi padre había sido militante socialista, de la mentira de la URSS”.

La génesis del elixir de la vida de Lorenzo, inexorablemente, estaría compuesta por el ferrocarril, el peronismo y Perla, su esposa con quien estuvo 9 años de novio y 55 años casado: “Perla fue mi gran amor, mi compañera y una gran militante”, recuerda Lorenzo, mientras estira su brazo izquierdo y exhibe una foto de ella ubicada sobre la biblioteca, que en todo momento está iluminada por una vela encendida.

Al hijo y nieto de ferroviarios, que llegó a ser vicepresidente de la Unión Ferroviaria, le apasiona narrar la historia del Justicialismo. Siempre es un acicate para emular la voz arenosa del tres veces presidente de la Nación y recordar sus años de plenitud: “Perón me decía: ‘Mas vale persuadir que obligar, porque un hombre persuadido lo sigue al jefe hasta el final del camino, pero uno obligado se le raja en la primera esquina’”. Tan bien le sale la imitación que uno podría dudar si se trata de Lorenzo o bien de una vieja grabación del General.



El capítulo que faltaba

La edad sólo es una circunstancia para Lorenzo. Su vigor no reconoce convalecencia y sus días transcurren en encuentros con dirigentes, charlas políticas y eventos partidarios. Luego de haber publicado su libro “A Buril y Martillo”, sueño que fue concretado gracias al apoyo del platense Carlos Quintana (titular de UPCN Provincia), ahora está a punto de que su pluma, tan punzante como sus testimonios, relate cómo el Servicio de Informaciones de la Policía Bonaerense lo escuchó durante décadas: “La Comisión Provincial por la Memoria me entregó unos documentos en donde quedaba claro cómo desde la SIPBA me espiaron durante años. Voy a narrar los hechos para alertar a otros actores sindicales y políticos”, explica.

En cada relato del histórico dirigente ferroviario, la historia se hace presente y al mismo tiempo el presente se concibe en historia sin dilaciones. Persuadido de que el Movimiento Justicialista siempre revolucionó al país concluye: “Quiero morir con las banderas en la mano. Quisiera que la gente me recuerde que ya viejo, y al final de su vida, no se desdijo nunca de nada de lo que hizo el peronismo”.



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