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Opinión

"Los pibes del Alto": "Hay jóvenes que en Bariloche están despertando a su conciencia mapuche"

"Obtienen en este descubrimiento una subjetividad que ni la religión ni los partidos políticos ni los sindicatos ni la escuela les podrían ofrecer", según el autor de la nota.

por Blanco Negro

03/12/2017

Mapuche

Por Martín Belbis (publicada en el diario Río Negro)



El aval apresurado del gobierno a la patrulla del grupo de elite de la Prefectura que mató de un disparo a un joven de 22 años en Bariloche no ayuda para nada a la resolución de un conflicto que –está probado– es un error abordar desde la fuerza: alguien siempre muere, que es lo que el Estado debería evitar. Pasó con Santiago Maldonado en Chubut y ahora con Rafael Nahuel en Villa Mascardi.

Tal vez como nunca antes en la historia reciente, Bariloche se muestra como la ciudad de las enormes contradicciones. Como si el Alto pobre que convive con el Oeste rico y con el turismo no fuera suficiente contraste, hacia el final de la semana en la “Suiza argentina” se reunieron los viceministros de finanzas de los países más poderosos de la Tierra (desde Estados Unidos a Arabia Saudita, desde Japón a Rusia) en medio de un operativo de seguridad que hizo del hotel Llao Llao una fortaleza. Eran los mismos efectivos de fuerzas federales que habían montado una semana antes un despliegue más modesto por el conflicto mapuche.

El gobierno nacional advirtió que el grupo Albatros actuó para repeler un ataque con armas de fuego, por lo tanto el disparo por la espalda está justificado.

En los últimos cuatro años hubo indicios suficientes para que los Estados nacional y provincial y sus servicios de inteligencia (que estuvieron muy activos en estos meses, más de lo que la ley les permite) interpretaran que algo pasaba en el norte de la Patagonia con la comunidad mapuche, algo que va más allá de los ataques a los refugios o a los puestos de las estancias.

Luego de muchas décadas hay jóvenes que en Bariloche están despertando a su conciencia mapuche. Obtienen en este descubrimiento una subjetividad que ni la religión ni los partidos políticos ni los sindicatos ni la escuela les podrían ofrecer.

Dejan de ser “los pibes del Alto” (el sector más pobre de Bariloche) para resignificarse como mapuche, un sujeto que tiene una raigambre y una estirpe ancladas en esta tierra muchos más profundas que las de los europeos que llegaron el siglo pasado.

Esos chicos, criados en la vida urbana, necesitan construir una historia mejor que la de los barrios donde ronda la marginalidad, y relacionarse con otros jóvenes a los que les pasa lo mismo. Ahí hay una cultura, profunda, ancestral, pero diferente.

Hace tres años, con el incendio del refugio Neumeyer, en el Valle del Challhuaco, se inició una serie de ataques atribuidos a grupos mapuches y la ocupación de tierras, bajo el pretexto de que las comunidades precisan territorio para volver a vivir como sus ancestros.

El Estado debería haberles dado respuestas a los dueños de los campos cuyos puestos fueron incendiados, al camionero cuyo vehículo terminó en llamas o al Club Andino Bariloche por los incendios de los refugios Neumeyer y Jakob. Pero hasta ahora las fuerzas de seguridad no previnieron y las justicias no lograron hallar a los autores de estos hechos.

Hace tiempo que la política también decidió mirar para otro lado. Ahí había un conflicto que crecía, y si alguien trató de acercarse para evitar que estallara, no se notó.

La bala no soluciona nada

Los grupos que expresan la vida mapuche en Bariloche y en la provincia no son iguales entre sí. Las diferencias son enormes, tan grandes como los cuestionamientos a Facundo Jones Huala, que espera en Esquel el juicio de extradición a Chile para ser juzgado por el incendio de una vivienda.

Estamos ante un nuevo movimiento, más intransigente y con la construcción de una épica y una forma de actuar que levanta resistencias o por lo menos retacea los apoyos en sectores tradicionalmente solidarios. Hay una práctica violenta y ninguna predisposición a dialogar. Esta intransigencia, interpretada como rebeldía, puede ser el imán que convoca a jóvenes como Rafael Nahuel a resignificarse.

Alberto Weretilneck, antes de viajar a Nueva York para colocar 300 millones de dólares de deuda pública, salió a denunciar un reclutamiento de jóvenes de parte de sectores violentos de la vida mapuche. Ya había interpretado, sin que se lo dijeran, lo que el gobierno nacional pretendía de él.

En la ciudad más poblada de la provincia quedaron otra vez en evidencia las notables contradicciones. En una misma semana se unieron el conflicto mapuche y el G20.

Se mezclan el endurecimiento del gobierno, la radicalización de los reclamos y las investigaciones judiciales que no avanzan.


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