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Opinión

“Me tiraron un tiro, me muero": El último mensaje de un ángel en el país de la injusticia

Por Federico González, consultor político (Federico González & Asociados)

por Blanco Negro

04/08/2018

Lourdes

Todo hecho es lo que es y es un símbolo de otra cosa.

La crónica siempre se escribe en clave austera: La agente de la Bonaerense Lourdes Espíndola (25) fue baleada en Ituzaingó mientras esperaba el colectivo para regresar a su casa. El último parte médico informó que su estado era irreversible: muerte cerebral.

Lourdes Espíndola vivía en pareja con Fernando Altamirano (34) quien también era agente de policía, y era madre de tres hijos.

La objetividad del hecho emparenta con otro: horas antes, en Glew, Tamara Ramírez (26), otra mujer de la Fuerza, fue asesinada en un intento de robo.

Lo que sigue, como la vida, refiere a subjetividades y azares.

Encendí el televisor y vi la cara de Lourdes mientras el cronista relataba la noticia. La carita de Lourdes. En lenguaje público debería decir que su rostro era angelical. Pero en mi vivencia interior sentí que se trataba de un ángel. Vi también otra foto de Lourdes con su pareja junto a Fernando y un bebé. Sentí la presencia mágica de una mamá amorosa. Vi luego otras fotos de Lourdes. Aprecié su belleza y sonrisa. Su sonrisa se me hacía una sonrisa del bien. Sentí cariño.

Estaba solo y se me escaparon algunas lágrimas. Hubiera querido ser Dios para salvarla. No soy creyente, pero pedí con el corazón que Dios no se la llevara.

Escuché el llanto de Fernando. Y la transmisión de su amor y de sus sueños: “Teníamos sueños, queríamos comprar un terrenito para hacer un dúplex y no vivir toda la vida siendo policías. No quería esperar a terminar así, tengo hijos. Somos una familia, teníamos sueños, teníamos vocación de policía, amamos lo que hacemos. El policía de la provincia de Buenos Aires está todo el tiempo desprotegido”.

Escuché el testimonio de Juan Carlos Espíndola, el papá de Lourdes, quien contó: “Ella desde que estaba en el jardín decía que quería ser policía, ahora tenemos que rezar y pedirle a Dios que salga adelante”.

Lourdes tenía 25 años. Cuando se han vivido muchas décadas, el tiempo pasado mirado en retrospectiva se va como apretujando. Entonces, desde mis 60, los 5 años de aquella Lourdes del jardín y los 25 de la policía trágicamente baleada apenas parecen un rato prolongado. Los niños de mi generación solían decir que cuando fueran grandes serían bomberos o policías. Como Lourdes. A juzgar por las palabras de Juan Carlos, lo que para tantos niños era una mera ocurrencia en Lourdes fue un sueño que se plasmó en realidad.

En una de sus tantas sentencias sabias, Oscar Wilde decía: “En este mundo sólo hay dos tragedias: una es no conseguir lo que se desea y la otra, conseguirlo” Quizás la frase refiera al desencanto que la realidad suele devolver al deseo proyectado. Acaso sea una síntesis doliente del destino de Lourdes.

La crónica austera agregaba que Lourdes tenía que ir a buscar a su hijo de seis años, quien la esperaba para cenar. Entonces no puede dejar de pensarse en el detalle de ese niño que habrá esperado el regreso de su mamá. Recordemos, además, que Lourdes era madre de tres niños. La vida puede ser muchas cosas, pero también es la sucesión del conjunto de los detalles vividos. Presencia o ausencias.

La crónica puede ser escueta. Pero la emoción se filtra en sus recovecos. Quien escribe esta nota habría querido tener una hija. Como Lourdes. Pienso entonces en la desolación de Juan Carlos, su papá.

Podría analizar la noticia desde la perspectiva política y social. Cuando me invitan a los medios me presentan como analista político. Confieso que me da cierto pudor. Preferiría ser algo así como un analista de la vida. Aunque suene también presuntuoso.

La muerte de Lourdes produce la tristeza de lo irreparable. Seguramente mañana algún analista político discurrirá sobre inseguridad, culpables y responsables. Después sobrevivirá el silencio, hasta la próxima muerte.

A mí me quedaron resonando las últimas palabras de Lourdes: “Me tiraron un tiro, me muero".

Y los ecos de la tragedia en tres niños y una familia a quienes les arrancaron al Ángel de Lourdes.


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