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Opinión

José de San Martín: “Yo soy del Partido Americano”

Aquellos hombres que soñaron la Patria Grande, esa gran nación de naciones, no lograron su meta integradora pero sí que su legado sea fuente de inspiración para millones que siguen levantando sus banderas. A 168 años de su muerte en un exilio ignominioso su frase célebre está más vigente que nunca: “Seamos libres, que lo demás no importa nada”.

por Blanco Negro

17/08/2018

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Por Mariano Vazquez (Prensa CLATE)



En sus campañas libertadoras, San Martín luchaba contra los embates de su salud: gota, asma y úlcera, insomnio. Pero su convicción emancipadora era de hierro: fue general en jefe del Ejército de los Andes, triunfador en Chile y Protector del Perú. Además, presionó al Congreso de Tucumán de 1816 para que de toda América se constituya una sola nación. El continente en ebullición y sus líderes no querían plantar asta sobre aldeas, buscaban la unión desde el Río Colorado hasta el confín sur. Sus enemigos: las oligarquías exportadoras de los puertos, los potentados mercaderes de Buenos Aires, Santos, Valparaíso, Callao y Guayaquil querían republiquetas manipulables, fraccionadas. “Hundieron a la Patria Grande junto con sus héroes. A Bolívar le pagaron con un lugarcito en el campo santo de Santa Marta. San Martín no tuvo más premio que la emigración. Los embalsamaron en bronce, los divinizaron y subieron tan alto, para que nadie supiese lo que realmente querían y la causa por la que habían luchado. Una vez más, terratenientes y banqueros manipularon a militares”, relata el historiador Jorge Abelardo Ramos.

Muy enfermo, casi ciego, San Martin en su exilio francés se llenó de ira ante el bloqueo económico y ataque militar combinado de Francia e Inglaterra contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Al general Tomás Guido, amigo y confidente, y con quien llevaba tres décadas de correspondencia, San Martín le escribió el 20 de octubre de 1845: “Es inconcebible que las dos Naciones más grandes del universo se hayan unido para cometer la mayor y más injusta agresión que puede cometerse contra un Estado Independiente: no hay más que leer el manifiesto hecho por el enviado inglés y francés para convencer al más parcial, de la atroz injusticia con que han procedido: ¡La humanidad! …Y se atreven a invocarla los que han permitido – por espacio de cuatro años – derramar la sangre y cuando ya la guerra había cesado por falta de enemigos, se interponen no ya para evitar males, sino para prolongarlos por un tiempo indefinido: usted sabe que yo no pertenezco a ningún partido; me equivoco, yo soy de Partido Americano, así que no puedo mirar sin el mayor sentimiento los insultos que se hacen a la América. Ahora más que nunca siento que el estado deplorable de mi salud no me permita ir a tomar parte activa en defensa de los derechos sagrados de nuestra Patria, derechos que los demás estados Americanos se arrepentirán de no haber defendido por lo menos protestado contra toda intervención de Estados Europeos”.

“Partido Americano”, nervio central del corpus ideológico de San Martin. A diferencia de la historiografía liberal que lo tilda de “monárquico, militarista y aristocrático” o de las hagiografías mitristas que lo limitan a un gestor de pago chico, libertador de naciones fragmentadas y débiles. San Martin era de raigambre popular, sus ejércitos eran el mestizaje de esas identidades movimientistas de la época. Republicano, promotor de una patria grande.

San Martín era raza brava. La de los soñadores de la patria grande. Junto a Bolívar, Artigas, Mariscal Santa Cruz, Morazán, con quienes promovió independencias nacionales en pos de un objetivo superior: la América Hispánica, concebida por indios, cholos, negros, criollos, y, más aún, españoles, sí, incluso pensaban a España como parte de esa gran cosmovisión.

Después de ellos, los flamantes 20 países crearon sus aparatos jurídico-administrativo-aduanero impulsados por británicos y estadounidenses bajo la famosa divisa romana ”Divide et impera”. Contra esto lucharon San Martín y sus hermanos de gesta. Lo explica Abelardo Ramos: “Francisco de Miranda concebía una Colombia coronada por un Inca que naciese como gran potencia; Francisco de Morazán luchó toda su vida por la unidad de Centroamérica y murió fusilado por un localista cerril; las Juntas de Caracas y Santiago de Chile en 1810 formulaban un llamado para reunir un Congreso general para la “confederación de todos los pueblos españoles de América”; Egaña, Monteagudo, el Deán Funes, Castelli en Jujuy, Fulgencio Yegros en Asunción, el Mariscal Santa Cruz, en fin, formulaban la exigencia de la unidad. San Martín, Artigas y Bolívar fueron la expresión viviente de ese credo natural de las milicias emancipadoras. El peligro de olvidarlo forma parte de las vicisitudes y aventuras de la conciencia histórica de argentinos e hispanoamericanos. En tiempos azarosos como los actuales, hay que mantener su recuerdo más vivo que nunca. ¡Para que nada pueda apartarnos de esa escuela de proeza, tiempos en que los esclavos se emancipaban, y trocarnos en almas dóciles de una Pequeña Argentina!”

El hombre del Partido Americano sería hoy la antítesis de las facciosas restauraciones conservadoras que asolan América Latina y el Caribe. De los separatismos, los provincianismos, las peleas intestinas entre patriotas. En Boulogne Sur Mer, en su humilde exilio conservaba apenas tres estandartes de su vida heroica: la espada de sus batallas, que donó por testamento a Rosas; el estandarte de Francisco Pizarro que le otorgó Perú, y un camafeo con el retrato de Bolívar.

“La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que trabajan nuestras mujeres, y sino andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, que lo demás no importa nada”, arengaba San Martín durante la campaña libertadora.

En 1819, en una carta a Estanislao López, San Martín mostraba la raigambre y convicción de su sacrificio: “Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan: divididos seremos esclavos; unidos, estoy seguro de que los batiremos; hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra de honor”.

El 9 de marzo de 1812 la fragata inglesa George Canning traía a Buenos Aires un visitante que se había juramentado triunfar o morir por la causa de la Independencia Americana. Nadie podía imaginar los cambios trascendentales que aportaría a este continente aquel viajero. San Martín, el que 200 años después sigue marcando la senda a seguir.

Seamos libres…



Publicada en el sitio web de la CLATE


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