º C Dom 21 de abril, 04:07 hrs. La Plata, Buenos Aires.

Los cantos de la sed

Osvaldo Bayer o el poeta del sombrero de anchas alas

Por Gabriel Rodríguez Molina, de La Plata, autor de "El despertar de los ojos glaucos"; "Lágrimas de un pájaro" y "En el frío invierno".

por Blanco Negro

24/12/2018

B

Anochece en la tierra de Hölderlin. Una joven alemana es asesinada en mi patria porque quería darle un contenido verdadero a la palabra solidaridad.

O. Bayer



Encuentro con Osvaldo Bayer el 20 de diciembre del 2017

Camino por la calle Monroe hacia lo de Bayer, del lado de la sombra es que camino. Hace calor en las calles de Belgrano. Llego hasta Arcos por Monroe. Veo de lejos anclada en la esquina, colorida, la casa de Bayer, el Tugurio, en su fachada han pintado como protegiéndola un mural de colores latinoamericanos. Bayer me espera, si es que me espera, a las cuatro y media y apenas son las tres.

Prendo un cigarrillo y camino hacia un café que hay en la otra esquina. Pido un café chico mientras leo en una servilleta el nombre del lugar –Molino rojo – pienso que estoy en el lugar indicado. Le pido al buenhombre que ha traído el café un vaso de agua y pongo sobre la mesa “Los cantos de la sed” primer poemario de Osvaldo. Lo abro y subrayo “Di a manos llenas todo lo que tuve y bebí sediento todo lo nuevo, mientras otros pasaban en negocios o músculos, yo sólo quise conocer, conocer lo bello.” Llega el vaso de agua. Hace calor. Sigo leyendo. El tiempo pasa lento, la gente camina con ropas sueltas y anteojos oscuros sobre las miradas. Hay muchas motos en Buenos Aires, hay mucho todo. Pero estimo que hay un solo Bayer y me espera si es que me espera dentro de un rato en su casa de Belgrano, El Tugurio.


La cuadra se alarga. Camino lento, la gente me esquiva cual bulto. Miro hacia atrás y leo el cartel del café –Molino Rojo – sonrío, la palabra rojo reverbera en mis pasos al igual que el poema de Osvaldo –mientras otros pasaban en negocios o músculos, yo sólo quise conocer, conocer lo bello – . Pienso en lo bello como si fuera algo que está cerca pero que no se puede tocar, la cuadra se termina. Estoy frente a la puerta verde. Toco timbre, una mujer atiende y pregunta mi nombre, al decirlo asiente y me deja pasar, una sensación de alivio recorre mis piernas, una fresca recibida. El vacío y el calor se disipan.

- El señor está terminando de tomar su café, me dice la mujer.

Aguardo en el pasillo como un minuto. La chica regresa, la acompaño a través de un angosto pasillo que se forma entre la biblioteca gigante y la pared de la cual cuelgan cuadros, fotos, reconocimientos y otras cosas.

El fresco golpea mi piel al igual que el verde de las plantas y la sabiduría de las cosas mis ojos. Un hombre rodeado de plantas es un hombre que bien sabe respirar, me digo. Al lado de él un carro rosa cobija a una beba, la hija de la mujer. Estiro mi mano y se la doy. No dice nada. Pienso en el extraño vínculo que existe entre la vejez y la primera infancia, quizá sea porque en ningún caso existe el miedo. Él mira a la beba, centellante, hipnotizado, sus ojos emanan un tipo de luz.

- Te mira. Me dice Osvaldo.

- Mirada poderosa, contesto sin dejar de mirar a la niña, como si los bebes fueran de otra raza (quizá porque no hablan).

- Ja, si pudiera decir de que la va, acota Osvaldo y luego se ríe. La mujer se lleva a la niña.

Osvaldo me señala la silla que se encuentra del otro lado de la mesa redonda, allí donde antes reposaba el café y ahora sólo un teléfono sobre un mantel blanco con detalles verdes. Sobre las paredes, entre la humedad más cuadros, en el resto del patio fresco en el cual estamos pegada a nosotros reposa una biblioteca y al lado una mesa larga donde hay premios, casettes, carteles de calles arrancados, pequeñas esculturas indias y algunos banderines.


Le comento a Bayer sobre lo que me ha llevado a molestarlo

–Usted no molesta, me dice.

Le hablo sobre el cuento que he escrito sobre la historia de Juan Ocampo, el marinero de dieciocho años muerto el primero de mayo de 1904, cuyo cuerpo, luego de matarlo, han robado.

- Algo tengo escrito sobre eso. Acota, insinuando que continúe.

Le comento como está escrito y que creo que la literatura es una bella herramienta de memoria. Asiente. Luego dice mientras toma el cuento

- Muy bien. Lo leo y lo llamo ¿Tiene teléfono, usted?

- Sí, le digo.

- Anótelo en el sobre, dice.

Escribo los números sobre el papel madera. Luego hablamos de Yupanqui, de Corsini, de Viglietti. También hablamos de Goethe y de Hölderlin. Por unos minutos enumeramos títulos sin profundizar. Hay un cómodo silencio.

Veo la camiseta de Rosario Central colgada sobre la puerta que da entrada a su cuarto donde la luz apenas deja entrever los lomos de algunos libros y en el rincón una cama de una plaza, también derramada en el piso se ve la sombra de una computadora. Le pregunto cuál obviedad si es de Rosario Central. Asiente

- ¿Usted por quién hincha? Me pregunta,

- Gimnasia de La Plata, le digo sonríe.

Siguiendo su humor agrego, que salga campeón es como aquel horizonte que se aleja a la medida que uno avanza, como pensar en que algún día no haya violencia, sabe uno que nunca sucederá pero mientras tanto, uno camina hacia él, intenta alcanzarlo, no puede uno quedarse en el molde. Muy bien, dice.


Saco de mi bolso –Los cantos de la sed – y le pido a Osvaldo si me lo firma. Luego le regalo mi primer libro, cortés, me pide que yo también lo firme. Lo firmo y se lo doy. Lo toma, lee la dedicatoria

- Muy lindo, dice mientras hojea por arriba el libro pasando las páginas.

En sus manos claras se ven las arrugas y como pequeñas serpientes verdes las venas. Se detiene en la tapa, queda unos segundos en silencio

- Lindo título, agrega.

Le pregunto si está leyendo algo

- Nada, me dice

- Pero ahora tengo qué, agrega señalando el libro con la mirada.

Le agradezco a Osvaldo su tiempo.

- Yo lo llamo a usted, me repite.

Me levanto y veo en el pasillo la enorme biblioteca llena de archivos, carpetas, cajas de zapatos con nombres en sus lomos como Roberto Artl, Rodolfo Walsh, Derechos humanos, Severino Di Giovanni, etcétera. Me voy. Le doy la mano a Osvaldo, miro el brillo de sus ojos, él sonríe y llama a la mujer que deja por un instante a su hija sola. La mujer aparece desde el pasillo al patio. Me pregunto ¿Por qué ha de extinguirse el hombre? ¿Por qué se nace con fecha de vencimiento? ¿Las ideas podrán esquivar ese destino? Saludo a la amable mujer. Ella sabe que sé donde queda la puerta. Se queda atendiendo a Osvaldo que le ha pedido algo que no pude escuchar. Vuelvo a caminar entre la gran biblioteca y la pared, me detengo en ese pequeño umbral que nace entre la materia y el intelecto, se respira aún el aire verde que dejan las plantas correr desde el fondo, la quietud anochece, muda como un vientre, como si fuese una estatua invisible, como si fuese un órgano vital de la casa. La figura de Osvaldo queda ahí, aunque no la vea, como una figura eterna, perfumada de una estela clara como sus cabellos, bajo un cielo celeste como sus ojos, camuflada entre el verde de las plantas y el aroma de una tarde que persiste calurosa entregada a la somnolencia de la literatura, al humor de la vida, al silencio de la muerte.

Abro la puerta. Miro de nuevo al Tugurio y salgo. Vuelvo a sentir en mi piel el calor de la calle Monroe. Me despido con una mirada silenciosa y lejana de la casa del poeta del sombrero de anchas alas.


Dos poemas de los cantos de la sed (Ediciones Continente, 2015)

Géminis

Poseo anteojos de sabio cerebro de ignorante sexo de hombre
alma de mujer impulso de mercader bolsillo de poeta.

De todos los que conozco soy el único libre
el único poeta, el único artista.


Tauro

Fui soldado y me gustaron las marchas las guardias nocturnas y las madrugadas y los besos a las sucias lavanderas
y los gemidos de los nuevos reclutas

y el desenfado de las mujeres del cuartel y el sonido del clarín
y el estruendo de la pólvora y el color de las fogatas
y el ruido rítmico de la tropa que pasa

y el juego a escondidas con naipes sucios y el vino barato pagado con balas
y el ruido nocturno del cuartel

y escuchar los proyectos de los simples

y sorprender el vicio de los masturbadores y esa vida entre los tosco y los bajo.

Fui soldado y odié y odio a los uniformes de profesión y a los que aman los uniformes
y a los hijos de los uniformes.

¡Mirad a los pájaros como ríen de esos muñecos de palo!
y ved en la dulce cara del poeta del sombrero de anchas alas esa sonrisa del desprecio
hacia la engalanada plebe

de gorras, de sables, de rojos y dorados.


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