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Opinión

¿Por qué Lavagna?

Por Betina Rolfi, Directora del IGen La Plata, referente del Partido Gen.

por Blanco Negro

16/05/2019

Roberto%20lavagna

Desde hace meses, el impacto de la crisis económica sobre la sociedad amplifica la erosión social. Para crecientes sectores de la población, el modelo político apadrinado por la grieta comienza a ser visto justamente como el “culpable” de habernos metido en una crisis permanente de dólar, inflación y pobreza de la que tampoco nos deja salir. Como subraya el periodista Martín Rodríguez, la grieta se ha transformado en un modo de “vivir la crisis”, pero jamás de resolverla. Se cristaliza una circulo vicioso: a más crisis más grieta y a más grieta más crisis. Un lugar político inhóspito que ya no ofrece ni siquiera una promesa de futuro y nos hunde cada vez más en problemas políticos y económicos recurrentes que la “praxis polarizadora” en ejercicio de la función pública no ha sido capaz de resolver.

Esa crisis cada vez más palpable y el hartazgo social pusieron en órbita a Roberto Lavagna como el más serio y natural candidato de una masa de ciudadanos que buscan que la política se organice por afuera de la grieta para representarlos. Una figura de síntesis que esté más allá del fárrago de una política que parece haber tomado las formas y la gramática de Twitter.

El antigrietismo está en la raíz biográfica de Lavagna: un político que tiene la palabra “consenso” tatuada en la frente por su trayectoria como hombre de Estado antes que por ser el hombre de “un” partido. Esa memoria política todavía habita en el electorado y explica por qué, aún sin anunciar su candidatura, Lavagna aparece como una opción aglutinante frente un escenario electoral atravesado por el malestar económico. La misma memoria que recuerda que a la hora de las grandes crisis, 1989 o 2002, siempre fue necesario algún tipo de acuerdo político para salir del abismo y, a la vez, de altos sacrificios personales.

¿Qué tendría para ganar un hombre de prestigio y con 77 años al encarar, una vez más, la hidra de siete cabezas de la crisis argentina? Una persona que no tiene problemas en Comodoro Py, que no necesita “salvarse” de nada: el espíritu patriótico y de entrega se ha hecho tan raro en la cínica y superficial Era de la Grieta que la candidatura por sí misma plantea una novedad radical. Una iniciativa que no es explicable sin una fuerte y profunda idea de servicio.

Una particularidad de los políticos de la Grieta es su renuencia a pagar costos, de ningún tipo y color, renunciando de facto a una de las dimensiones más básicas del liderazgo político: relatan los problemas, los tercerizan, los explican. Jamás los resuelven. Son “sociólogos en jefe” más que funcionarios. Roberto Lavagna pertenece a otra raza: exiliado por el modelo de la Grieta del Estado argentino al que conoce como pocos, su retorno puede implicar el regreso de una noción de “estadismo” a la Argentina. Una vuelta a la política con P mayúscula.

Hoy, esa “identidad estatal” de Lavagna surge como la clave para que su prédica por un gobierno de unidad nacional sea creíble para la sociedad y verosímil para los sectores corporativos (empresas, sindicatos) que tengan que sentarse a la imprescindible mesa de diálogo político para la salida de la crisis. En respuesta a la política “chicanera” que destila la grieta, Lavagna hace una advertencia de otro tono: políticos argentinos, a las cosas. Se instala como hombre de Estado para no quedar rehén del conflicto absurdo (algo que los grietistas interpretan como “soberbia”) y se centra en los temas pendientes e ignorados por el desgobierno de este ciclo de indicadores socioeconómicos a la baja que comparten macrismo y kirchnerismo.

Si una pata del consenso radica en tener una “comprensión estatal” de los problemas a resolver (algo que le faltó a este gobierno y explica gran parte de sus fracasos), la otra es la capacidad efectiva de convocatoria política. Lavagna no es solo un hombre de Estado, sino que también encarna un crisol de tradiciones políticas de la democracia (peronista, radical, socialdemócrata) que le dan la inmunidad política para convocar a un gobierno de concertación y garantizar su vigencia con apoyos efectivos. En ese sentido, Lavagna expresa un salto de representación cualitativa: lo votarían (y apoyarían) radicales, peronistas, socialistas, kirchneristas desencantados o macristas decepcionados: es, antes que nada, un argentino. Es un político que además de no tener que “rendir cuentas” por su origen partidario ni explicar su “pasado” a cada paso (dos de los rasgos más divisorios y nocivos del modelo político grietista) puede plantear un futuro verosímil de orden y progreso acorde a la compleja situación socioeconómica que deberá seguir afrontándose aun después del 2019.

El perfil pluralista de Lavagna siempre estuvo unido a la idea de una gran coalición centro-progresista que colocará en el eje de su agenda el consenso para el crecimiento y desarrollo económico, pero sin obviar que la economía está enmarcada en un programa político integral del cual la lucha contra la corrupción y la impunidad constituye un compromiso central para lograr el objetivo de un buen gobierno. En ese sentido, la biografía de Lavagna también habla por sí misma: en 2005 renunció como ministro de Economía después de denunciar la cartelización de la obra pública, un problema que se agravó con los años y terminó desfinanciando al Estado.

Una confluencia amplia de dirigentes importantes detrás de una candidatura presidencial es un factor clave para que la vocación de consenso sea palpada por la sociedad como algo más que un discurso: es necesario que esa amplitud también refleje una vocación de poder que le brinde más calidad a la oferta electoral. Esa es la expectativa del votante, y también la de muchos espacios y partidos (el GEN, el Partido Socialista, sectores de la UCR) que queremos sumarnos y pertenecer a esta gran coalición de unidad nacional. Encontrar la ingeniería electoral y la distribución de roles para tener a “todos adentro” es lo que cristalizaría aún más esa vocación de unidad frente a la mirada del electorado. Un “Sí se puede” que exista de verdad, más allá de las pompas de jabón de Jaime Durán Barba.


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