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Los detalles

Investigadores de la UNLP y el CONICET cuidan el primer cultivo científico de cannabis del país

El desarrollo, pionero en la Argentina, fue realizado por investigadores de la Universidad Nacional de La Plata y el CONICET. Fue presentado como Cepas Argentinas Terapéuticas, con la idea de armar un listado que facilite su uso e investigación. Uno de sus responsables habló con TSS sobre las dificultades a la hora de investigar sobre cannabis.

por Blanco Negro

11/07/2019

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Por Nadia Luna – Agencia TSS – Los científicos argentinos que investigan sobre cannabis medicinal enfrentan un importante problema para avanzar con su trabajo. Si bien en el año 2017 se sancionó la Ley 27350, que habilita el uso medicinal de cannabis y crea un programa nacional para impulsar su investigación y producción pública, el marco legal no les facilita el acceso ni la importación de semillas, plantas y preparados. Por eso, investigadores de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y el CONICET decidieron utilizar sus propias semillas a partir del conocimiento provisto por cultivadores de la región y lograron el primer cultivo científico de cannabis del país.

“Es el primer cultivo argentino pero, ante todo, platense”, aclara rápidamente Darío Andrínolo, investigador del CONICET y coordinador del proyecto, en diálogo con TSS. “Es un producto local que nace al mezclar una variedad que se trajo del sur con otras cepas de la región”, dice. Las primeras tres “Cepas Argentinas Terapéuticas” –como las denominaron– “tienen características genéticas, morfológicas y fisiológicas particulares que estamos estudiando en el laboratorio a través de diversas líneas”, cuenta.

El equipo de trabajo está compuesto por científicos del Centro de Investigaciones del Medio Ambiente (CIM–CONICET/UNLP) y de la Cátedra de Toxicología de la Facultad de Ciencias Exactas de la UNLP. Empezaron hace unos años, a partir de un proyecto de extensión en el que hacían control de calidad de los aceites, resinas y flores que usaban los cultivadores de la zona y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. De esta manera, a partir de reuniones con organizaciones dedicadas al cultivo de cannabis medicinal, como El Jardín del Unicornio y Mamá Cultiva, los científicos obtuvieron datos que les permitieron ir probando distintas mezclas hasta obtener las primeras cepas para empezar a trabajar.

“Las renombramos como Cepas Argentinas Terapéuticas con el objetivo de formar un listado y un cepario nacional donde investigadores de otras partes del país puedan sumar las suyas siguiendo un protocolo de caracterización. Así podremos tener una amplia variedad de cannabis medicinal que nos permita seguir investigando y que el usuario pueda acceder con mayor seguridad”, explica Andrínolo. La importancia de caracterizar y clasificar las cepas radica en que los tratamientos en los que se puede usar cannabis son múltiples (para párkinson, esclerosis, cáncer y autismo, entre otros) pero cada uno tiene sus especificidades.

Una de las cepas (CAT 3) fue desarrollada por Daniel Loza, un cultivador platense al que muchos conocían como “el profesor botánico”. Loza comenzó a explorar los beneficios del cannabis cuando en el año 2000 le diagnosticaron una hepatitis avanzada y le pronosticaron ocho años más de vida. Pasó mucho tiempo investigando, probando técnicas de siembra y cultivo, y mezclando variedades genéticas. Una vez que logró buenos resultados, no solo preparó aceites para él sino que empezó a regalarle a otras personas que lo necesitaban para paliar sus dolencias. Debido a esa acción solidaria, el año pasado fue detenido por la policía y liberado a los pocos días gracias a la presión de la sociedad platense. Murió unos meses después.

“Las autoridades de la Secretaría de Salud siguen con una visión prohibicionista propia del pasado. La ley dice que es importante investigar sobre cannabis medicinal pero no se pueden importar semillas y se castiga el uso de plantas locales. Entonces, la pregunta es: ¿Qué votaron los diputados si a dos años de la ley no se puede hacer nada? Si necesitamos un miligramo de THC (componente psicoactivo del cannabis) para hacer experimentos con ratones y cáncer, lo tenemos que purificar nosotros. La verdad es que cuando una mamá te dice ‘le di cannabis a mi hijo y por primera vez me miró’, deberían acabarse todas las dudas”, sostiene Andrínolo.

El investigador también reflexiona sobre el rol de los científicos y la importancia del conocimiento generado por la sociedad: “Los científicos tendríamos que dejar la soberbia de lado. Es la sociedad la que masivamente ha venido utilizando cannabis y los científicos y profesionales de la salud nos tenemos que poner a tono con esos procesos sociales. No podemos desarrollar una línea farmacológica tradicional aislando cannabinoides y poniéndolos en medicamentos para que las empresas ganen plata cuando el acceso general al cannabis medicinal en la Argentina está dado por el autocultivo. Por eso, las líneas de investigación que desarrollemos tienen que tener como base el estudio de las plantas que está usando la gente en nuestro país”.

Una línea en la que están trabajando actualmente junto con investigadores de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UNLP pasa por analizar los efectos del uso de aceite de cannabis en el tratamiento de epilepsia idiopática refractaria en perros. En los casos observados hasta el momento pudieron constatar una disminución casi total de la frecuencia e intensidad de las convulsiones. Otra línea de investigación, en este caso junto con profesionales del Hospital Roffo de la Ciudad de Buenos Aires, es estudiar la relación que existe entre los aceites utilizados por pacientes terminales y los beneficios que se observan, como apertura del apetito, mejora del ánimo y disminución del uso de opioides.

“Vamos a seguir trabajando con el aceite para perros con epilepsia y a abrir nuevas líneas vinculadas a inflamación y cáncer. También queremos desarrollar nuevos productos, como un aerosol. Para poder avanzar necesitamos que mejore el acceso a los insumos. Primero, a partir de revertir el desfinanciamiento de la ciencia, que es una deuda que el Gobierno tiene con todo el sistema científico. Y después está el tema de las autoridades: necesitamos que destraben un montón de situaciones y que apoyen abiertamente la investigación sobre cannabis medicinal”, concluye Andrínolo.


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