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Una historia de amor verdadera

Entrevista a Susana “Pocha” Camiña, vecina de La Plata y “Madre de los Presos”

Susana Camiña, conocida por “Pocha”, es una vecina de Altos de San Lorenzo que desde hace más de diez años realiza un incansable trabajo por los derechos y la inclusión, fundamentalmente, de los detenidos por delitos penales de raíz social

28/09/2013

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Convencida de que el amor puede ablandar hasta al más duro hijo de la desigualdad y la pobreza, y que la falta de él es el origen de muchas de las tensiones y desencuentros actuales, Pocha recorre las cárceles y consigue, con el cariño y la ternura de una madre, sembrar un granito de arena por el cambio de esa realidad cruda, fría e injusta.

Es una mujer fuerte, ante todo movilizada por su solidaridad con ayuda de la fe, y con la sencillez propia de una mujer de barrio, madre de siete hijos, que ha abierto las puertas de su casa para convertirla en Centro de Día y en un espacio donde, a diario, más de 30 jóvenes asisten para terminar el secundario, aprender un oficio, o trabajar la huerta instalada en el fondo de su vivienda.

Silenciosa, anónima e incansablemente, Pocha pasó de ser portera de una escuela de adultos a trabajar en la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia, desde donde gestiona traslados, atiende llamados de los internos y es consultada por novatos y expertos ante cualquier duda, sabiendo que pocos conocen los penales como ella. Su sueldo, vale aclarar, sigue siendo el de portera “en comisión de servicios”, es decir, una miseria.

“Soy un soldado de Dios”, dice Pocha. No sólo eso, es la madrina de muchos pibes que con su ayuda a alcanzado, incluso, la vuelta a casa, lo más deseado por todo ser vivo en la tierra: la libertad.

EL PRINCIPIO
Cuando Fernando, uno de sus siete hijos, cayó preso en el año 2000, Pocha visitó por primera vez una cárcel. No sabía de sus hedores, de sus ruidos de metal, de sus reglas no escritas, de sus barrotes oxidados. Era un viernes, cuando se permiten visitas a los detenidos.

Apenas pasado el mediodía se acercó a la Unidad 1 de Olmos para reencontrarse con su hijo, a quien no había visto desde su último día de libertad. Frente al penal, muchas mujeres aguardaban para ingresar; Pocha se ubicó en la fila, y esperó. Aunque la visita debía ser esa tarde, por algún motivo se retrasó y las madres, hermanas, esposas, pasaron la noche frente a las puertas del penal, en la vereda. El sábado no hubo mejor suerte y a la intemperie y la ansiedad se le sumó la lluvia. Luego de tres días de “hacer puerta”, Pocha llegó a la entrada y el oficial que la recibió le llamó la atención porque su certificado de extravío de DNI no tenía foto. “No puede entrar señora, este papel no sirve porque no tiene foto”.

Dispuesta a buscar un fotógrafo entre las calles de Olmos que le resolviera el problema, Pocha se dio cuenta que tenía sólo 2,5 pesos en el bolsillo. La foto carnet costaba, en ese momento, 10 pesos. Pero por esas cosas de la vida, a su lado había una joven con el mismo problema, que tenía 7 pesos con cincuenta. Aliadas, las dos mujeres agotadas fueron a tomar la foto carnet, y convencieron al fotógrafo que les haga dos a cada una para poder, por fin, entrar al penal.

Hoy, poco más de diez años después, la foto permanece en el DNI de Pocha. En la redacción de Infoblancosobrenegro, mientras cuenta la historia, saca el documento de su cartera: “Mirá, es ésta. Todavía estaba llorando”, dice. Y se la ve, más joven, más flaca, pero firme, con lágrimas entre los ojos.

Ese día, a las 12 menos diez Pocha logró entrar al patio y reencontrarse con Fernando, su hijo. Diez minutos duró la visita. A las 12, la voz del penitenciario anunció que debían retirarse y se dirigió a ella antes que nadie para pedirle que se fuera.

En esos diez minutos, además de todas las injusticias que había visto afuera, Pocha sintió el rigor que desgarraba su pecho, las injusticias que oscurecían todo a su alrededor, y los malos tratos que sufrían los de adentro. A partir de ahí, se movilizó para emprender un camino de compromiso para cambiar la historia; un camino que recorre hasta hoy, todos los días.

¿Cómo fue que empezaste esta tarea de recorrer penales, asistir a los detenidos más vulnerables y tener un rol tan activo puertas adentro de las cárceles?

Empecé por necesidad propia. Cuando detienen a uno de mis hijos empecé a darme cuenta de cómo era el sistema judicial, y el carcelario, cómo funcionan las instituciones que uno cree que la van a ayudar, y descubre que es todo lo contrario. Ahí empieza el maltrato o el destrato, o ambos a la vez, en todos los niveles. Es un puente que va desde el poder judicial al sistema penitenciario. Para mí, que era todo nuevo, fue un enorme sufrimiento. Ese monstruo que es la Unidad Penitenciaria, verla tan grande, y yo tan pequeñita, me impactaron mucho. Cuando empezás a vivir ese drama, o te hacés muy malo, porque te dejás llevar por ese atroz sistema, o te rebelas aunque sea con pequeñas acciones y te volvés una persona mejor.

¿Cómo fue que esta experiencia personal pasó a ser algo colectivo?

Para mí es un compromiso de vida. Esto lo tomé como una herramienta propia para subsistir. Empecé a pensar que era el 2000, 2001, la crisis era muy profunda, y quería hacer algo para cuando mi hijo saliera. Nunca pensé el tiempo que iba a estar adentro, sino que iba a salir muy rápido y algo tenía que hacer cuando saliera. Tenía que estar contenido para poder reinsertarse en la sociedad, entonces empecé a pensar qué podía hacer en mi casa. Ahí lo vi a Gastón Harispe, de la agrupación Marcha Grande, que ahora es el Movimiento Octubres, para hacer algo junto con los amigos de mi hijo y las amigas, ver qué podíamos hacer porque ellos estaban en la misma situación; te llamaban por cualquier cosa, te escribían y tenías una causa. Empezamos con una copa de leche y a hacer asambleas.

Un día fuimos a ver a Carolina Brandana, funcionaria por aquel entonces de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia, por la causa de mi hijo y por un allanamiento violento que me había tocado sufrir en casa. Yo trabajaba en la escuela, y un día llega a mis manos un libro de cívica y lo empiezo a leer. Ahí leo el Artículo 14, donde habla de un montón de derechos que tenemos; y ahí dije ‘Bueno, qué bueno está esto’. Yo empecé a resolver cuestiones menores, muy caseritas: un reclamo que tenía un preso me lo decía a mí y yo se lo trasladaba a Carolina.

La copa de leche empezó a crecer y empezamos a organizarnos con el comedor, una huerta, todo esto en casa. Teníamos un trabajo espectacular en el barrio, asistíamos a 134 familias.

¿Mientras tanto seguías trabajando en la escuela?

Si, trabajando en la escuela empiezan a concurrir unos chicos, en la escuela sabían cómo era yo, que si veía a los pibes tomando cerveza en la plaza iba y los metía en la casa, todas esas cosas de metida que soy yo nomás. Me llaman de la escuela y me dicen que estos chicos estaban encerrados en un instituto de menores, y así me empecé a acercar a ellos, le pregunté a su responsable si no quería llevarlos a los chicos a una fiesta del Día del Niño y a la semana me preguntaban qué podían ir a hacer al comedor. ‘De todo’, les dije. Y empezaron a ayudar con la huerta, los deberes de los nenes, atender el comedor, hicimos un horno de barro, encuadernación de los libros.

Siempre levanté las banderas de los privados en libertad pensando en mi hijo, porque yo lo quería pronto en mi casa. Pero venían los otros y mi hijo no venía, después me di cuenta que en realidad, tendría que haberme convencido de que mi hijo iba a tardar en salir.

Contanos un poco más sobre los primeros tiempos ¿Cómo llegaste a trabajar Secretaría de Derechos Humanos?

Se me ocurrió hacer una fundación, y te pedían 12 mil pesos, entonces escuché la palabra “Centro de día” y abrimos uno en casa: el 25 de mayo de 2005 lo inauguramos.
Entre toda la gente vino Remo Carlotto, que en ese momento era el secretario de Derechos Humanos provincial, ahí me preguntó si no quería ir a trabajar a la Secretaría, como para contar lo que estábamos haciendo en el territorio, en el barrio. Yo le dije que sí, y el 5 de noviembre empecé a trabajar ahí, en la parte de niñez. Hacía trabajo administrativo, después me fui al área de protección a la víctima, y empecé a aprender, mientras lo visitaba a mi hijo sin decir una palabra, como una madre más.

¿Cuáles fueron tus primeros trabajos en la secretaría?

Pasé el incendio de Magdalena, que fue terrible, y como todo el mundo me conoce, uno de los penitenciarios que estaba a cargo del pabellón había sido alumno de la escuela donde trabajaba yo, así que me contó cuáles habían sido, las causas de que se iniciara el fuego, que para él era una carga muy grande. Ahí lo conecté con Carolina, le dije que era mejor confesarlo, que si no iba a cargar con todo él injustamente.

Ahí me empecé a relacionar un poco más con los detenidos, comencé a mirar las falencias que había y se las comunicaba a Carolina, y mediante eso ella actuaba.
Después empecé a atender los llamados de las cárceles y empecé a recorrerlas, siempre pendiente de lo que necesitara mi hijo. También ayudábamos a los pibes que tenían que hacer horas de trabajo comunitario, los llevábamos a la casa de día.

¿Y cómo te relacionabas con los agentes del Servicio Penitenciario?

Empecé a tener una presencia más importante en todas las unidades, y a gestionar acciones, y con mucho éxito. Le caía bien al Servicio Penitenciario, entonces todo lo que le pedía me decían que sí. Un día me saluda un jefe de servicio y le digo: “Hoy es mi cumpleaños”; “Uy, no haber sabido Pocha, le hacía un regalo”, respondió, y le dije “Si usted me quiere hacerme un regalo puede hacerlo”. Y me dijo: “¿Qué quiere?”. “Necesito un traslado de un detenido que casi no conozco pero que está en situación de riesgo en estos momentos”, le respondí, y me consiguió el traslado. Nunca se sintieron controlados, yo voy y hablo con mucho respeto. Cuando algún penitenciario tiene un problema dentro de la unidad me llama a mí.
Yo siempre digo que Susana sin Pocha no sería nada y Pocha sin Susana tampoco, somos dos en una.

¿Qué cosas fuiste aprendiendo a medida que más visitabas las cárceles?

Mi hijo nunca me iba a relatar el maltrato que sufría, ninguno se lo cuenta a su madre, pero yo aprendí a mirar. A mí no necesitaba que me dijera nada, yo veía y me daba cuenta las falencias que había. Aprendí a negociar. Los mismos presos me enseñaron. Tengo otro hijo, que es empleado del Servicio Penitenciario, y él ha sido rehén, y eso me ha servido para ponerme del otro lado, en la otra situación, ver las cosas desde otra perspectiva también.

Tengo recuerdos increíbles, anécdotas que sólo ocurren en el marco en el que yo desarrollaba mi tarea. Por ejemplo, me ha tocado ir a ver un preso en la Unidad 36 que decía que estaba torturado y lo fuimos a ver con el abogado y el Director, y lo entrevistamos, y yo le pedí que mostrara los golpes, pero él quería volver a la Unidad y me parecía raro, porque si te torturan no querés volver nunca más. Entonces le pedí que se saque la ropa y no tenía un solo golpe, resulta que quería volver a la Unidad porque andaba en amores con una mujer de ahí.

Mientras tanto lo visitabas a Fernando, tu hijo, ¿cómo tomó él este trabajo tuyo?

A verlo nunca fui como miembro de la Secretaría, porque no quería condicionarlo, que le afectara en algo. Pero un día una compañera le contó al del Servicio que yo trabajaba en la Secretaría y el agente lo llamó a mi hijo y le preguntó por qué no le había contado que yo trabajaba ahí, y Fernando le respondió que no había razones para contarle, que yo era su mamá y que no quería tener ningún trato especial ni privilegios respecto del resto.

¿Quién haría este trabajo, si no lo hicieras vos?

Nadie. Porque yo me acerco al preso y lo primero que hago es mirarlo a los ojos, por ahí le hago una caricia, o lo abrazo, hago el rol de madre. El otro día mi hijo me preguntó si sabía cómo me llamaban en los penales. “La madre de los presos”, me dijo, y eso a mí me emociona, porque yo empecé por mi hijo, pero antes que él vinieron muchos a llenar estas paredes tan frías, donde falta tanto amor, y la soledad es terrible, demoledora.

Me ha pasado que un juez, ante una situación confusa de un pibe detenido y maltratado, me haya dicho: “¿Dónde le parece que estaría mejor, Pocha?”. “¡Y, en la casa con la madre!”, le respondí. A los tres días estaba en su hogar. Ahí la mamá me llamó y le dije “cuídelo, que no ande con malas juntas, que esté cerca suyo”.

Y los abogados, ¿Qué aprendiste de ellos?

Ningún abogado es bueno. Falta compromiso, hay muy pocos casos de abogados comprometidos. El Poder Judicial es muy frío, yo me iba con los libros para pedirles que me busquen los artículos que me mencionaban, que me muestren dónde estaban, lo hacía para divertirme. Un día llevé a un tribunal un despertador de regalo, y les dije: “Esto es porque ustedes viven dormidas, no atienden a nadie”.

¿Qué cosechaste en estos años de trabajo Pocha?

Yo me he ganado mi respeto. Soy dos en una: Susana y Pocha, una cosa que está ensamblada. Hace poco me interné por un problema delicado de salud y estuve haciendo gestiones desde la terapia intensiva del hospital, por teléfono. Esto es parte de mi vida, no puedo vivir sin hacer esto. Me he consagrado a cuidar a mi familia y a seguir ayudando a tantos pibes y pibas que no recibieron el amor suficiente y hoy penan y dejan días preciosos de sus vidas en cárceles que, en su mayoría, matan de tristeza a cualquiera.

Johanna Santalucía
@joha_santalucia

Nicolás Harispe
@nicolasharispe


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